«Reivindicamos la acción de sabotaje en contra del molino Grollmus de la comuna de Contulmo, acción de respaldo a los presos políticos mapuche», así el 30 de agosto del 2022 la Resistencia Mapuche Lafquenche (RML) se hacía responsable públicamente del atentado al Molino Grollmus, donde además de incendiar una estructura patrimonial que contaba parte de la historia e innovación productiva del sur de Chile, dejaba gravemente heridos a tres personas.
El comunicado añadía, además: «Hoy vemos cómo los medios de comunicación serviles al poder económico muestran como víctimas a los usurpadores del territorio mapuche, colonos alemanes que se instalaron con el aval del estado de Chile a sangre y fuego en nuestras tierras antiguas, asesinando y despojando a nuestros kiuvikecheyem de sus espacios territoriales de la orilla del lago Lanalhue». Palabras duras que repiten nuevamente conceptos como «usurpadores», «colonos», «despojo». Vocablos que aparecen permanente en discursos, pancartas, mitin, libros y declaraciones de las diferentes orgánicas violentistas o autodenominadas «indigenistas».
Colono: Honrar la tierra
Quisiera detenerme brevemente en la palabra «colono», vocablo derivado del verbo latino colere, que significa cultivar, cuidar o habitar. En la Antigua Roma, se refería a la persona que se asentaba en nuevos territorios para trabajarlos y extender la cultura. Este verbo era extraordinariamente rico, porque significaba simultáneamente cultivar la tierra, habitar un lugar, cuidar, proteger, honrar o venerar (de aquí deriva también cultus, «culto»). Es un error común pensar que la palabra proviene de Cristóbal Colón. Ambos términos son completamente independientes en su etimología y cargados simbólicamente de objetivos diferentes.
Cuando reconocemos el valor histórico del Molino destruido, descubrimos la coherencia con el concepto “colere”. Al rededor del 1915 el molino fue inaugurado, convirtiéndose en un referente como complejo industrial, siendo pionero en el uso de la energía hidráulica para su funcionamiento. Construido 100% en madera, operaba con turbinas de agua para moler trigo para los vecinos, producir chicha de manzana y accionar un aserradero. Además, albergó el primer generador eléctrico del pueblo y con posterioridad añadió un museo.
Cuando la violencia eligió un símbolo
El atentado al molino marcó un antes y un después para la provincia de Arauco, generando dolor entre los habitantes cercanos quienes sintieron que este ataque había herido no solo a sus antiguos dueños, sino afectado el alma de la historia del Lanalhue. El hecho ocurrido en la noche del 29 de agosto del 2022, convirtiéndose en el hito de un violento mes donde hubo 42 atentados, varios en zonas cercanas al molino anticipando la tragedia. Además, sucede con vigencia del Estado de Emergencia Acotado en ese período, y fue relevante también porque es la primera vez que el entonces Presidente Boric habló de terrorismo. “Yo no quiero entrar en una polémica semántica respecto a esto, creo que nos hace mucho daño. Yo creo que en la región ha habido actos de carácter terrorista». «Un ejemplo, el ataque al molino Grollmus. Cuando atacan a Hellmut, Cristian y Carlos Grollmus, en particular a Carlos, dejándolo en una situación terrible y queman el molino, eso es un acto de carácter terrorista”.
El atentado provocó una inmediata reacción transversal de autoridades, parlamentarios y líderes gremiales. Manuel Monsalve, entonces subsecretario del Interior y exparlamentario de la zona, lo calificó como un «acto criminal y cobarde» y reconoció que «el Estado de Excepción no ha logrado responder con la prontitud que las personas requieren«.
Solo en diciembre de 2024, veintisiete meses después del atentado, se concretaron las primeras detenciones vinculados al ataque, generando una primera sensación de que la justicia comenzaba a alcanzar a sus responsables. La ministra del Interior, Carolina Tohá, expresó entonces: «Esperamos que reciban el castigo que merecen». La investigación continuó avanzando y, en abril de 2025, la captura de Federico Astete, identificado por la Fiscalía como líder de la RLM, fue calificada por el ministro de Seguridad Pública, Luis Cordero, como «un gran acierto policial». Añadió que la RML correspondía a «una orgánica radical», presuntamente vinculada a diversos atentados en la Macrozona Sur, «desde el 2017 hasta el caso Grollmus».
El progreso se convierte en blanco
El Molino Grollmus fue, precisamente, la materialización del antiguo concepto romano de colere. Durante más de un siglo fue un espacio donde se cultivó la tierra, se generó energía, se transformaron materias primas y se compartió conocimiento con toda una comunidad. Agricultores llegaban desde distintos sectores para moler su trigo, producir harina, elaborar chicha o aprovechar una infraestructura que, para su época, representaba innovación y desarrollo. El molino no solo producía bienes, además conectaba personas, oficios y oportunidades.
La historia demuestra que las sociedades alcanzan sus mayores niveles de desarrollo cuando son capaces de intercambiar conocimientos, incorporar tecnologías y aprender unas de otras. El progreso humano no ha sido fruto del aislamiento, sino de la capacidad de conectar culturas, compartir experiencias y construir sobre los avances de quienes nos precedieron. Cada innovación agrícola, cada molino, cada puente, cada escuela o cada sistema de generación de energía constituye una expresión de esa transmisión acumulativa del conocimiento.
El arraigo del Molino en Contulmo se explicaba por lo que representaba para la comunidad. Durante más de un siglo fue la evidencia concreta de cómo una sociedad progresa cuando incorpora nuevas técnicas, adapta tecnologías y las pone al servicio del bien común. Lo sentían como su molino, su sistema de generación hidráulica, su aserradero y, posteriormente, su museo. En ese contexto, resulta especialmente revelador que la RML justificara el atentado calificando a la familia Grollmus como «colonos alemanes». Esa afirmación parece accesoria del comunicado, pero es la explicación profunda que la propia organización entrega para la elección del blanco. Destruir el molino significaba incendiar un edificio patrimonial y atacar un símbolo de innovación, cooperación y progreso construido durante generaciones.
El Molino Grollmus sobrevivió más de un siglo. Resistió terremotos, crisis económicas y los profundos cambios de Chile. Lo que no logró resistir fue la violencia ideologizada del siglo XXI. El juicio que comienza en julio de 2026 no sólo examinará la responsabilidad de 21 acusados, será también una prueba para el Estado de Derecho y para la capacidad de la justicia chilena de responder frente a un ataque que destruyó simultáneamente vidas, patrimonio, memoria e identidad.
FUENTE: EL LÍBERO